Esperando a la Justicia

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Escribo estas líneas por sólo respeto a la gran cantidad de personas que
viene siguiendo las vicisitudes de mi odisea personal, porque
sinceramente esta lucha por el bienestar de mis niños me agota y me
absorbe tanto tiempo y esfuerzo que al final del día mis reservas de
energía son igual a menos uno.
Estoy convencida de que solamente las madres que están sufriendo o
han sufrido situaciones como las que me toca atravesar a mí saben de
que se trata esta tarea de afinar el piano y tocar al mismo tiempo, de
romperse al alma para ganar el pan de cada día para sus hijos y
simultáneamente soportar el acoso de un sicópata que tiene todo el
tiempo del mundo para imaginar mil maneras de hostigar al objeto de su
ira, es decir yo, despreocupado de todo lo que significa la crianza de los
infantes.
Por si todo eso fuera poco, está la angustia de no saber si la Corte
Suprema (que ahora tiene en su manos mi suerte) confirmará las
sentencias de los juzgados inferiores o saldrá con algún martes trece que
favorezca a mi ex marido y perjudique a los chicos. Sobre todo porque la
primera en expedirse es una jueza mujer que paradójicamente no tiene
empacho alguno en fallar sistematicamente a favor del padre reclamante
“por respeto a los convenios internacionales”
Es decir que le importa un corno lo que los chicos van a sufrir al ser
separados de su madre ni que el padre sea violento, la cuestión es no
hacer quedar mal al país ante la comunidad internacional. Esos son los
jueces que después se rasgan las vestiduras por los “derechos humanos”
(que parece que no tienen las madres ni los chicos) , la violencia
doméstica y los femicidios. Pura y repugnante hipocresía.
Mientras tanto, como en una película de esas que son un bodrio y que
una aguanta sólo porque pagó la entrada, se repiten las mismas
agresiones, los mismos intentos de perturbación, de convencer a todo el
mundo de que se trata de un padre preocupado por sus hijos y
finalmente de poner todos los obstáculos posibles para hacer mi vida más
difícil de lo que ya es.
Constantino y Claudine sufren de dislexia (heredada de su padre), lo que
requiere estudios, tratamientos y atenciones costosas, las cuales son sólo
parcialmente solventadas por mi obra social, amén del salario de las
personas que los cuidan cuando estoy en el trabajo.
El “padre preocupado” después de cinco años de no poner un sólo peso
para sus hijos en el intento de ahogarme financieramente para que me
vea obligada a volver a Francia con la frente marchita se convenció de
que esa táctica no le va a resultar y por consejo de sus abogados me trae
desde hace un tiempo cada seis meses una suma miserable que se
esfuma a los tres días siguientes a su partida.
Hasta ahora no podía hacerle juicio de alimentos porque le tocaba
intervenir a la justicia francesa, que está más interesada que él en que los
chicos vuelvan a ese país porque como ya dije antes los musulmanes los
están invadiendo demográficamente y las familias francesas que se
negaban a tener hijos están pagando hoy con sangre el duro precio de su
comodidad.
Por lo tanto tenía cero probabilidades de hacerle cumplir su obligación
alimentaria, pero ahora con la reforma del código civil la jueza que
entiende en la causa no puede argumentar incompetencia y deberá
condenarlo a pagar la cuota que le corresponde y que elude sin escrúpulo
alguno para después golpearse el pecho por “su preocupación como
padre” y exigir que se respeten “sus derechos” paternos.
Lo paradójico es que hay un convenio internacional que obliga a los
padres varones a pasar alimentos a sus hijos sin importar donde esté
viviendo, pero Francia pone tantos requisitos para cumplirlo que
finalmente se hace imposible. Ahora, para reclamar los derechos de sus
ciudadanos comprendidos en los convenios internacinales son unos
leones.
Y bien, en eso consiste mi vida desde hace siete años, en defenderme y
defender a mis hijos del acoso judicial de un tarado egoísta y vengativo.
Tengo cuarenta y cuatro años y derecho a tener una vida normal, pero el
destino me está cobrando caro haber ignorado las señales y pasarlas por
alto pensando que la cuestión se podía encarrilar con un poco de
paciencia y aguante.
Grave error que no deben cometer quienes leen este relato, porque
afortunadamente yo cuento con padres que no tienen miedo y se
jugarían la vida por mí o por sus nietos, pero muchas mujeres no tienen
esa suerte y la aventura termina en el dolor y la desesperación de perder
a sus hijos a manos de sujetos inescrupulosos que abusan y maltratan sin
el menor sentimiento de culpa a mujeres y niños, seres cobardes que
ante la negativa a dejarnos atropellar usan a la ley y el derecho ( y a los
jueces que se prestan) para mantenernos en un estado de permanente
zozobra mental y espiritual.

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Hacia el round final

0012610984Y si, casarse con un extranjero de buena posición económica e irse a vivir en París, Londres, nueva York o San Pablo representa una tentación casi irresistible para una jovenzuela de veinte y pico de años como era yo cuando conocí a JD en Machu Pichu. Construir una vida en común en una urbe del primer mundo, conocer gente distinta, realizarte en tu profesión, viajar, tener hijos, en fin toda un aventura maravillosa … que luego generalmente se convierte en un drama que parece ser interminable.

En realidad, que te cases en Francia sólo adquiere importancia real cuando tus hijos nacen allí, porque a partir de ese momento esa sociedad vampiro tenderá su telaraña cultural y judicial sobre los niños apañando cualquier conducta violenta o morbosa de tu pareja francesa con tal de que los chicos no puedan escapar de su territorio, sobre todo en los primeros años de vida que es cuando se forma la personalidad del individuo. En cambio, si no tienes hijos, en cualquier momento puedes mandar a tu marido a freír monos y volver a tu país y a tu cultura.

Esto es lo repugnante de su sistema: los niños son las cadenas con las que te mantienen prisionera de este mecanismo diabólico que te obliga a soportar a un energúmeno engreído, violento y manipulador (o con peores vicios) con tal de que no te quiten tus hijos. Yo resolvi no someterme a esa degradación y opté por el divorcio, que el muy tramposo de mi marido primero aceptó y luego se retractó con excusas pueriles para jugar un juego perverso y retorcido.

Es que analizando a la distancia todo lo sucedido me doy cuenta de que su objetivo en realidad no es “recuperar” a sus hijos sino mantenerme en un estado de precariedad emocional hostigándome permanentemente con cuanto recurso encuentra su mente enferma. Lo malo es que su personalidad sicópata tiene como característica su habilidad para engañar a las personas, en este caso presentándose como un padre desesperado que lucha por recuperar a sus hijos raptados por una bruja malvada que se los llevó a su país y no los quiere devolver.

Así, hace pocos días me llamó una asistente social del Consulado Francés en la Argentina pretendiendo que le permitiera verificar las condiciones en que viven mis hijos. Cuando le pregunté el motivo me contestó que era “a pedido del padre, ciudadano francés” y en virtud de los “acuerdos consulares entre Francia y la Argentina ya que los niños también lo eran”

Cuando le consulté a mi abogado me dijo que de ninguna manera estaba previsto en ningún acuerdo la intrusión de personal del Consulado en la vida familiar de nadie  en la Argentina “ni a pedido del Papa”. Lo que está previsto es que cuando un ciudadano francés, viviendo en otro territorio, se encuentra en estado de necesidad puede recurrir al Consulado en busca de auxilio económico, pero jamás el despropósito que estaban planteando.

Por supuesto mi respuesta estuvo teñida de la indignación que me produjo este atropello y entonces la funcionaria se mostró sorprendida de mi “agresividad” y me amenazó con tomar “otros caminos” ni bien regresara el Cónsul que se encontraba temporariamente fuera del país. Claro, lo de ellos no es “agresivo” ni ilegal, es “protectivo”.

Lo cierto es que mientras tanto el reloj sigue corriendo hacia la definición de la contienda sobre la permanencia de mis hijos en la Argentina que ahora se encuentra en manos de los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que deben resolver el recurso de queja presentado por el abogado de JD cuando la Cámara le rechazó el recurso extraordinario. Si la justicia argentina fuera confiable no cabría otro resultado que el rechazo de la pretensión de mi marido, pero en  el contexto judicial tan voluble que todo el mundo conoce, el final es abierto.

Tres personas tienen ahora en sus manos el destino de mis hijos, tres personas que no se distinguen por su sensibilidad humana sino por su indiferencia hacia el dolor de madres e hijos.

 

 

 

Y salió la sentencia argentina

Después de cinco años de juicio, de tener la espada de Damocles sobre la cabeza, de pasarme noches durmiendo mal, acosada por la angustia de eventualmente verme separada de mis hijos, la jueza argentina se jugó y me dio la razón contra los dictámenes del “defensor” de menores y del fiscal que aconsejaban devolver los chicos a su lugar de residencia habitual porque – dijeron – si bien el traslado había sido lícito, la “retención” de ellos en la Argentina era “ilícita” curiosamente repitiendo casi calcados los argumentos que habían usado las juezas en Francia y los abogados de mi ex marido.

Hasta hoy me pregunto si habrá corrido plata, porque desde que la asistente social supuestamente designada para supervisar las visitas de JD entró en el caso el defensor de menores dio un giro sorprendente en cuanto a la actitud que venia trayendo  a favor de la permanencia de los chicos en este país, manipuló la designación de la perito psicóloga de cuarta que en su dictamen puso  que los chicos “no corrían ningún riesgo psíquico ni físico” si retornaban a Francia. ¿Tenía una bola de cristal la desgraciada? No, simplemente quiso asegurarse de que la conclusión de su dictamen se ajustara a lo que exige la Convención de La Haya de 1980 para facilitar la tarea que después completó el defensor recomendando que vuelvan a manos del padre mencionando ese dictamen.

Fue el día de mi cumpleaños, me había mudado hacía dos días y mi casa era un caos muy parecido a Kosovo. Yo estaba en la cocina buscando cosas para ayudar a mi mamá a preparar el almuerzo cuando Claudine y Constantino me traen un documento bien enrollado y atado con una cinta que parecía una especie de diploma. La bebé me dice en su media lengua:

– “Mamá, este es nuestro regalo de cumpleaños”.

Yo creí que era un dibujo que me hicieron o algo así, de modo que lo puse por ahí en arriba de un mueble.Entonces Claudine insistió con su vocecita expectante :

– ¿No lo vas a abrir mamá?

Tomé el cilindro y desaté la cinta.Lo primero que me saltó a la vista es la palabra “RESUELVO”.El corazón me dio un brinco y no quise seguir leyendo.

– ¿No lo vas a leer?- me dijo mi madre – ya va a estar la comida.

Entonces seguí leyendo y cuando vi la frase “Rechazar la restitución de Constantino y Claudine a la República de Francia” ya no me puede contener y me metí en mi dormitorio a llorar porque sentí que me asfixiaba. Por un momento pensé si no era una alucinación y había leído mal el papel, pero no. Las letras me bailaban detrás de las lágrimas.

-¿Que te pasa?- me dijo mi mamá siguiéndome.

-Salió la sentencia.

-¿Y?

-A mi favor.

Mi madre se levantó de un salto y me arrebató el documento de la mano. No podía creer lo que estaba viendo porque después de todas las peripecias judiciales, de una pericia truchísima, de dos dictámenes en contra, era casi un imposible, pero … muestras oraciones por los chicos habían sido escuchadas por el Señor.

Quedamos aleladas sin saber que hacer, como en esas escenas de película que los actores quedan como en suspenso hasta que nos abrazamos entre todos lagrimeando y sollozando como Magdalenas. Los chicos creían que era una actuación y se prestaban al juego.

Constantino estaba medio extrañado y preguntó:

-¿Que pasa abuela?¿Que dice el papel?

-¡Que tu papá no los lleva a Francia, Costa!!

– ¡Sii!- dijo Constantino haciendo con el puño ese gesto de triunfo que aprende de las películas. Claudine ajena totalmente al dramatismo de la situación seguía buscando a la gatita que se le había escondido en medio de las bolsas de la mudanza.

Mi padre miraba la escena sentado sonriendo y jugando con el corcho del vino recién destapado porque él fue el que trajo la copia de la sentencia y se la dio a los chicos para que me la entreguen.

¿Y ahora?-le dije

-Y ahora hay que seguir remando, porque seguramente tu ex va a apelar

-¿Te parece?

-Escuchame, el tipo es un enfermo mental, los chicos le importan una breva, tiene plata de sobra porque gana bien y  no gasta un peso en sus hijos, toda su vida gira alrededor de la obsesión por destruirte sacándote los hijos y si se queda sin ese objetivo se tiene que suicidar porque evidentemente no ha encontrado la forma de reconstruir su vida. Así que  va a seguir con el acoso, pero ahora se va a convertir en un tipo peligroso, habrá que tener mucho cuidado con los chicos porque le va a aflorar la violencia.

Un soplo de oxígeno puro entró en mi vida con esa sentencia, y a pesar de los sinsabores que tuve que pasar a lo largo de estos cinco años tengo que agradecerle a la jueza argentina que tuvo el valor de ser imparcial y no haberse dejado amilanar por los argumentos de gente a la que no le importa la salud emocional de  los niños ni su felicidad. Sé que la lucha continúa con resultado incierto, pero este es un round ganado a fuerza de  pelear cada día sin descanso por el bienestar de mis hijos.¡Que feliz cumpleaños!¡Gracias Dios mío!¡Gracias Virgen María!

 

 

 

 

Un año más con los chicos

Un año ha pasado desde mi último post. Mucha agua ha corrido bajo el puente, pero me fue imposible seguir el relato porque la lucha por la subsistencia se volvió cada vez más dura.Después de mandar mi curiculum a centenares de organizaciones encontré trabajo en un hospital famoso de Buenos Aires como fundraiser pero antes del año me tuve que ir porque el sueldo era demasiado bajo y además el ambiente de trabajo era desordenado, opaco, frustrante e inundado de mala onda. Afortunadamente ahora estoy en una fundación conducida por sacerdotes jesuitas donde el ámbito es excelente y ocupo la mayor jerarquía ejecutiva de la organización, que es de alcance nacional con varias delegaciones en las ciudades más importantes.

La lucha con JD continuó durante todo el 2014. Primero, la perito que había designado la jueza que entiende en el juicio iniciado por mi ex marido se despachó con un dictamen que no se puede calificar sino como un verdadero mamarracho técnico.  llegando a afirmar – sin ningún fundamento científico – que mis hijos no sufrirán ningún daño psíquico ni emocional si se los regresa a Francia sin la madre. Sin comentarios.

Después, a  fin de año, tanto el supuesto Defensor de Menores como el Fiscal en turno también se pronunciaron por separar a los chicos de su madre y devolverlos a Francia “en cumplimiento de tratados internacionales”. Lo más curioso es que para estos paladines de la justicia separarlos de su mamá – de la que no se separaron nunca desde que nacieron – y devolverlos a su país natal contempla “el interés superior de los niños” que según su óptica consiste en que no se violen los tratados. Hasta hoy no me puedo explicar como personas que se supone deben defender a los niños pueden poner por escrito tamaña barbaridad ni tampoco que permanecer con su madre sea menos importante para los niños que cumplir con tratados celebrados para otros fines.

La Convención de La Haya que ambos funcionarios mencionan es para los casos en que el traslado o permanencia ha sido ilegal, pero en mi caso cuento con la autorización por escrito del padre para que los chicos residan permanentemente en la Argentina.¿Donde está la ilegalidad? El supuesto Defensor para justificar su opinión hasta se permite desmerecer el valor probatorio de la autorización conferida ante una autoridad pública argentina e interpretar no lo que hizo sino lo que quiso hacer el  padre cuando la firmó, como si hubiera hecho un copy paste de lo que dijeron las juezas del tribunal francés.

Obviamente el Dr. Alvarez no menciona en ninguna parte que el Estado argentino rechazó de plano el pedido de retorno formulado por JD,  pero taimadamente dice que el traslado fue legal, pero no así la permanencia de los chicos en Argentina. En un escrito de 15 carillas desarrolla su teoría con una meticulosidad  tal para aconsejar el regreso de los chicos y descalificar mis razones que  ni los abogados defensores de JD hubieran podido hacer mejor el escrito. Es más , en partes toma textualmente los argumentos de ellos. Poderoso caballero es Don Dinero.

Cuando en Buenos Aires ya habíamos acordado todos los demás términos del divorcio –  incluida la residencia en la Argentina – JDaniel mostró la hilacha y se negó a incluir la cuota alimentaria en el acuerdo porque según él “el que se quedaba con los chicos debía hacerse cargo de todo”. El acuerdo no fue firmado por esa imposición de mi ex marido.

Meses después él inició un procedimiento que se tramita por vía diplomática para sacarme los chicos y llevarlos a Francia en venganza por haberlo desafiado y la Cancillería argentina le contestó a la francesa que se rechazaba el pedido de regreso de los niños porque el padre había autorizado por escrito ante el Consulado argentino en París la residencia permanente, y por lo tanto no se daba el presupuesto de ilegalidad que menciona el Tratado de La Haya para que permanezcan en la Argentina.

Hasta tal punto llega la  brutal indiferencia de del Fiscal y del Defensor por la suerte de sus supuestos defendidos que pasan por alto la decisión del Estado argentino a través de su Cancillería dejando en descubierto que la verdadera razón de sus dichos es que no se animan a controvertir la jurisprudencia de la Corte, para no entrar en conjeturas de otro orden  más desagradables pero muy verosímiles. ¿Para que defender a mis hijos y quedar mal con la Corte si igual ésta los va a mandar de vuelta?

Estas actitudes tan indignantes, frívolas, cobardes, retorcidas y desprovistas de toda sensibilidad humana en un momento me hicieron pensar si no seré yo la equivocada y ellos quienes tiene razón, porque es tan pero tan demencial declarar que el interés superior de los niños es que se cumpla una ley que – por muchos años aún ellos ni siquiera sabrán que existe – que me producen un estupor insuperable y me resulta incomprensible.

Mención aparte en este relato merece la guerra que en 2013 y 2014 me declararon en las escuelas con motivo de la conducta de Constantino, que después de largo peregrinar se detectó que se debía a un problema neurológico. Pero eso será materia del próximo post y sólo porque comprobé que a muchas madres les pasa y son mortificadas por maestras ignorantes.

 

El poder de las bestias humanas

    Escribo estas líneas impresionada por una película llamada “12 años de      esclavitud” que acabo de ver. Es un crudo y desgarrador relato acerca de la trata    de negros a mediados del 1800 en los Estados Unidos,  una de cuyas escenas me    estremeció hasta los huesos por sus connotaciones con mi situación familiar, que  por cierto sigue incierta y bajo amenaza.

En ella,  una mujer negra a punto de ser subastada entre otros prisioneros por un  vendedor de  esclavos de Nueva Orleans está abrazada a sus dos hijos, un varón y  una nena  trémula de terror. Un terrateniente la compra y ella suplica llorando que no  la separen  de sus hijos pero por supuesto no es escuchada y la arrancan del lugar  a la fuerza.  Conmovido, el comprador ofrece entonces llevarse también a la niña  y el  traficante le dice. “Esta niña no está en venta ahora porque me hará ganar  más  dinero del que usted puede pagar”.

Me quedé tan conmocionada que casi no pude seguir mirando. La brutalidad humana estaba retratada en toda su extensión. El lobo en el hombre mostraba sus fauces babeantes.  Obviamente en esa época habrá habido miles de casos como ese o quizás mucho peores,  pero el hecho es que la fuerza de esas imágenes me llevó de inmediato a una reflexión.

¿Qué diferencia hay – en cuanto al trasfondo de brutalidad  – entre el traficante de esclavos  y las juezas francesas que quieren separarme de mis hijos “por imperio de la ley”? Sólo pude encontrar diferencias formales .  En ambos casos personas que invocan la ley positiva desconocen la ley natural. Como dice uno de los personajes, que repudiaba la esclavitud, “la leyes cambian, las verdades universales son constantes”

Porque en esa época el hombre blanco basado en su poder había decretado que los negros no eran seres naturalmente libres y podían ser comerciados como mercadería. Era la ley y debía cumplirse aunque en su nombre se perpetraran atrocidades horrorosas que aún hoy  escandalizan a la civilización.

Ahora la ley dice que si dejas a  tu marido sicópata y te llevas a tus hijos a tu país para evitar que los maltrate – o los mate – tenés que devolverlos aunque ello implique separarlos de la madre. ¿Cuál es la diferencia, desde el punto de vista humano?

¿Qué diferencia hay entre un traficantes de esclavos que se vale de su poder para arrancar a una madre sus hijos amparándose en una ley injusta y juezas que hacen los mismo valiéndose del poder del Estado so pretexto de impartir justicia?¿Que el traficante emplea a sus esbirros y las juezas emplean a la policía?

La conclusión a la que llego es que el ser humano – varón o mujer – sigue siendo tan bestial como en el siglo 19, no hemos avanzado nada. Tanto las juezas que decretaron que debía restituir mis hijos a Francia “a la casa del padre” como al traficante de la película les importó muy poco que les pasaba a los niños, son dos especies de la misma bestia sólo que vistas en dos dimensiones temporales distintas.

Y no es excusa que sólo hacen cumplir la ley, porque todo el mundo sabe que toda ley tiene dos por lo menos dos interpretaciones. Simplemente les importa un pepino lo que les pasa a niños indefensos arrojados a las manos de padres maltratadores y vengativos.

¿Qué pedazo de roca tienen en lugar del corazón esa clase de personas? ¿O son tan brutas que no entienden la naturaleza de las cosas? En el caso da las juezas francesas es peor, porque usan el poder del Estado para cometer un acto de lesa humanidad revestido de formalidades legales, tal como hicieron los jueces de Hitler para perseguir y asesinar a quienes no pertenecían al “Partido”, pero lo hacían “en nombre de la ley”.

Claro está que no debería extrañar que los franceses cometan estas barbaridades contra extranjeros que consideran de segunda clase teniendo en cuenta que son los inventores del método de exterminio que probado en Argelia luego fue importado y aplicado por los militares argentinos contra su propio pueblo en el llamado “Proceso de reorganización nacional” que dejó miles de víctimas y heridas sangrantes aún hoy, treinta años después.

Toda la película es estremecedora, pero a mi solo me impactó esa parte porque sentí que me tocaba el corazón. No es posible que un enfermo de deseos de venganza como mi ex marido sea amparado por jueces que no pretenden hacer justicia sino simplemente valerse de la ley para arrasar con el derecho humanos más elemental de un niño que es permanecer con su madre.

No me cabe duda de que estas juezas sin alma al igual que el traficante de esclavos representan el nivel más deleznable de la  condición humana. Me pregunto:¿Qué diferencia hay entre una negra esclava y una sudaca presa de las leyes francesas hechas para esclavizarlas “civilizadamente” encubriendo a maridos maltratadores y violentos?

Nuestros jueces argentinos también son cómplices de estas atrocidades dictando sentencias inicuas escudándose supuestamente en el cumplimiento de tratados internacionales (Que en otros casos desconocen abiertamente) afirmando con un cinismo repugnante al más elemental sentido de humanidad que lo hacen “en el interés superior del niño”.

Hoy los norteamericanos esclavistas están presididos por un afroamericano descendiente de esos esclavos que eran comerciados “legalmente”. Quizás algún día veamos también un Nuremberg para todos estos jueces y funcionarios que no trepidan en separar a niños pequeños de sus madres  también “legalmente”.

La Jueza francesa: a los argentinos ni justicia.

Y finalmente salió la sentencia del juzgado francés donde se tramita mi divorcio. Obvio, dándole todo a JD y multándome a mi con 3.000 euros por haber osado molestarle en defensa de mis hijos, lo cual según la jueza le causó “un daño moral resarcible”.

Cuando digo que le da todo a JD quiero decir “todo”. Mis cosas personales, el departamento, los chicos, los muebles, en fin, TODO. Pensar que uno ve en las películas que son las esposas los que dejan a los maridos en pelotas.

Este tercer fallo casi reproduce textualmente lo que dicen los otros dos anteriores, no tiene en cuenta prácticamente ninguna de mis alegaciones ni da razones claras de porqué me deja en la calle, pretendende quitarme los niños y me arruina económicamente.

La verdad, no me sorprendí para nada, dado que el autor del fallo en realidad no es el juzgado sino el estado francés al cual le interesa un comino “el interés superior del niño” ni todas esas fruslerías tercermundistas sentimentaloides. Lo que le interesa es impedir que se le escape la sangre nueva que necesita imperiosamente su gerontocracia decadente para sostener el sistema previsional privilegiado que supieron consegui y sobrevivir y al mismo tiempo castigar a una sudaca atrevida como yo que se anima a pelear para librar a sus hijos de las garras de este tenebroso sistema draculiano.

Lo curioso,eso sí, es que la justicia francesa sigue insistiendo – como fundamento principal de la decisión – en el hecho de que yo traje ilícitamente a mis hijos a la Argentina, desconociendo olímpicamente la documentación del consulado argentino en París en la que consta que JD autoriza la residencia permanente de los chicos en este país.

Esta autorización que me dio JD porque yo se lo exigí fue el motivo del rechazo de la Cancillería argentina al pedido de restitución efectuado por JD. Obvio, porque hubo una autorización, entonces no era ilícito.

Que sea ilícito, es decir ilegal,  es lo que exigen los tratados para que proceda el retorno de los niños.

El rechazo de la Argentina fue aceptado luego por la Cancillería francesa que archivó el expediente. Pero parece ser que los jueces franceses no sólo desprecian a los documentos de los países subdesarrollados y sus subdsarrolladas instituciones sino que ni siquiera les importa lo que dice su propia Cancillería.

Ahora la lucha continúa, en Francia en la Corte de Apelaciones, y luego seguira aquí en la Corte Suprema después de pasar por la primera y segunda instancia.

Mientras tanto espero la sentencia de la jueza argentina de primera instancia que tiene que decidir si acepta o no el pedido de “reintegro de hijo” presentado por los abogados de JD que probablemente salga después de las vacaciones de julio.

Pero mientras tanto Constantino ya cumple 7 añitos y Claudine 4, parece mentira pero pese a todas las dificultades que debo soportar – sobre todo la incertidumbre de cuan bestias pueden llegar a ser los jueces – viven felices, tienen amiguitos, juegan con sus primos (los hijos de mi hermano Martín) van a la escuela tengo un buen empleo y acabo de mudarme a un departamento que después de las reparaciones del caso quedó recoqueto. Y esto es lo que vale, mas allá de la maldad, el odio y la perversidad de quienes quieren separarme de mis hijos y sumirme en la miseria y el dolor, unos por odio como JD y otros por indiferencia y narcisismo. No lo lograrán.