Esperando a la Justicia

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Escribo estas líneas por sólo respeto a la gran cantidad de personas que viene siguiendo las vicisitudes de mi odisea personal, porque sinceramente esta lucha por el bienestar de mis niños me agota y me absorbe tanto tiempo y esfuerzo que al final del día mis reservas de energía son igual a menos uno.

Estoy convencida de que solamente las madres que están sufriendo o
han sufrido situaciones como las que me toca atravesar a mí saben de que se trata esta tarea de afinar el piano y tocar al mismo tiempo, de romperse al alma para ganar el pan de cada día para sus hijos y simultáneamente soportar el acoso de un sicópata que tiene todo eltiempo del mundo para imaginar mil maneras de hostigar al objeto de su ira, es decir yo, despreocupado de todo lo que significa la crianza de los infantes.

Por si todo eso fuera poco, está la angustia de no saber si la Corte
Suprema (que ahora tiene en su manos mi suerte) confirmará las sentencias de los juzgados inferiores o saldrá con algún martes trece
que favorezca a mi ex marido y perjudique a los chicos.
Sobre todo porque la primera en expedirse es una jueza mujer que
paradójicamente no tiene empacho alguno en fallar sistemáticamente a favor del padre reclamante “por respeto a los convenios internacionales”

Es decir que le importa un corno lo que los chicos van a sufrir al ser
separados de su madre ni que el padre sea violento, la cuestión es no
hacer quedar mal al país ante la comunidad internacional. Esos son
los jueces que después se rasgan las vestiduras por los “derechos
humanos” (que parece que no tienen las madres ni los chicos),
la violencia doméstica y los femicidios. Pura y repugnante hipocresía.

Mientras tanto, como en una película de esas que son un bodrio y que
una aguanta sólo porque pagó la entrada, se repiten las mismas
agresiones, los mismos intentos de perturbación, de convencer a
todo el mundo de que se trata de un padre preocupado por sus hijos y
finalmente de poner todos los obstáculos posibles para hacer
mi vida más difícil de lo que ya es.

Constantino y Claudine sufren de dislexia (heredada de su padre),
lo que requiere estudios, tratamientos y atenciones costosas,
las cuales son sólo parcialmente solventadas por mi obra social,
amén del salario de las personas que los cuidan cuando
estoy en el trabajo.

El “padre preocupado” después de cinco años de no poner un
sólo peso para sus hijos en el intento de ahogarme
financieramente para que me vea obligada a volver a Francia
con la frente marchita se convenció de que esa táctica no le va
a resultar y por consejo de sus abogados me trae desde hace un
tiempo cada seis meses una suma miserable que se esfuma a los
tres días siguientes a su partida.
Hasta ahora no podía hacerle juicio de alimentos porque le tocaba
intervenir a la justicia francesa, que está más interesada que él
en que los hicos vuelvan a ese país porque como ya dije antes
los musulmanes los están invadiendo demográficamente y las
familias francesas que se negaban a tener hijos están pagando
hoy con sangre el duro precio de su comodidad.

Por lo tanto tenía cero probabilidades de hacerle cumplir su
obligación alimentaria, pero ahora con la reforma del código civil
la jueza que entiende en la causa no puede argumentar
incompetencia y deberá condenarlo a pagar la cuota que
le corresponde y que elude sin escrúpulo alguno para después
golpearse el pecho por “su preocupación como padre”
y exigir que se respeten “sus derechos” paternos.

Lo paradójico es que hay un convenio internacional que obliga a los
padres varones a pasar alimentos a sus hijos sin importar donde esté
viviendo, pero Francia pone tantos requisitos para cumplirlo que
finalmente se hace imposible. Ahora, para reclamar los derechos de
sus ciudadanos comprendidos en los convenios internacinales
son unos leones.

Y bien, en eso consiste mi vida desde hace siete años, en
defenderme y defender a mis hijos del acoso judicial de un
tarado egoísta y vengativo.
Tengo cuarenta y cuatro años y derecho a tener una vida normal,
pero el destino me está cobrando caro haber ignorado las señales
y pasarlas por alto pensando que la cuestión se podía encarrilar
con un poco de paciencia y aguante.

Grave error que no deben cometer quienes leen este relato, porque
afortunadamente yo cuento con padres que no tienen miedo y se
jugarían la vida por mí o por sus nietos, pero muchas
mujeres no tienen esa suerte y la aventura termina en el dolor
y la desesperación de perder a sus hijos a manos de sujetos
inescrupulosos que abusan y maltratan sinel menor sentimiento
de culpa a mujeres y niños, seres cobardes que ante la
negativa a dejarnos atropellar usan a la ley y el derecho
(y a los jueces que se prestan) para mantenernos en un
estado de permanente zozobra mental y espiritual.

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