Tregua

En respuesta a la demanda que puso JD aquí en Argentina para que la suscrita le “reintegre” los objetos que según él yo le había sustraído ilegalmente (es decir nuestros hijos) la jueza fijó una audiencia justo para el día que llegaba de Francia, el 18 de agosto.

Ese día a la hora de la audiencia caía tanta agua que las calles se convirtieron en canales venecianos y conseguir un taxi era misión casi imposible, pero lo logramos y con mi padre y abogado llegamos al Juzgado.

Estaban los dos abogados de JD, quien llegó más tarde con la valija a cuestas porque vino directamente de Ezeiza. La jueza habló primero con los abogados de él (lo que me dio mala espina), luego con el mío. Yo esperaba en la antesala. Finalmente nos reunimos todos juntos y su señoría nos informó que no iba a recabar ninguna de las pruebas ofrecidas y que iba a fallar utilizando criterios estrictamente jurídicos.

Creo que el mensaje era que iba a hacer lugar a la demanda en mi contra aunque lo adornó con algunas verduritas dialécticas. Porque si iba a fallar sólo en base a papeles quería decir que le daba cero importancia a mi relación con los niños, a su afincamiento en la Argentina, al rechazo del intento de recuperación de JD por vía diplomática y a todo lo que me favorecía.

El defensor de menores, que ya había estado antes a solas con la jueza, propuso entonces que mientras se ventilaba el juicio de divorcio se llegara a un acuerdo para que los chicos pudieran viajar a Francia por quince días en el mes de julio de 2013 y otro tanto a fin de año y mientras tanto se suspendieran las acciones judiciales en la Argentina.

Deliberaciones por aquí, deliberaciones por allá, se terminó firmando un acta de compromiso de que se iba a tratar de llegar a un acuerdo. JD exigió que en el acuerdo yo me comprometa a respetar la decisión judicial que recayera en el juicio de divorcio. No le contesté. Así, de hecho se abrió una tregua y la sentencia quedó en suspenso.

Luego vinieron los días en que JD llevaba a los chicos a su departamento “supervisado” por la asistente social que en realidad le hacía de niñera (a cambio de suculentos honorarios por supuesto).Pasaron bastante rápido, y diez días después regresó a Francia.

Obviamente los chicos se enfermaron, Constantino volvió a las conductas agresivas a tal punto que las llamadas de la escuela eran frecuentes y Claudine no entendía muy bien que estaba pasando pero no se hizo mayor problema.

Antes de todo esto yo le había pedido a la jueza que autorice un examen psicológico de Constantino por personal experto del Hospital Elizalde especializado en maltrato infantil para ver si realmente tenía o no secuelas de los arranques de ira de su padre.

Fui yo, mi madre, mi padre, JD y Constantino a entrevistarnos todos con la psicóloga por turnos. Constantino fue a varias sesiones.

Resultado: la profesional muy sutilmente puso en el informe que mandó al juzgado que si bien Constantino quería mucho a su padre su relación con él no era la mejor y menos sutilmente que recomendaba la permanencia del niño en el actual ámbito familiar.

Como era de esperar los abogados de JD saltaron como leche hervida y faltó poco para que califiquen a la psicóloga especialista y perito oficial de una especie de “manochanta” perdida en las espesas brumas del saber científico que no sabía muy bien que estaba diciendo.

Obvio ese informe fue a parar a las pruebas de mi parte en el juicio de divorcio en Francia, pero con la experiencia que tuve con las juezas anteriores no me hago muchas ilusiones que lo tomen en cuenta.

Ahora estamos en la dulce espera de que se llegue a un acuerdo por dos años y que finalmente podamos viajar con los chicos a Francia, protegidos por ese acuerdo, para que vean a sus abuelos paternos.

Mientras tanto el 19 de diciembre finaliza el plazo para que el juez del divorcio comience a estudiar las pruebas presentadas en el expediente y decida sobre tenencia de los menores, división de bienes y régimen de visitas.

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