La muerte siguió de largo

Me desperté en una horrible cama de metal, en la que literalmente sentí que me moría… y no era sólo una sensación. Prácticamente me había desangrado, la causa aparecería un tiempo después.

Cuando recuerdo esos momentos estoy segura que lo único que me mantuvo con vida fue pensar en mi hijo, que no quería dejarlo solo en el mundo, que quería verlo crecer y jugar con él, porque me sentía muy mal y como que las fuerzas me abandonaban.

No es mi intención ser melodramática pero me veo obligada a relatar estas emociones para dar la dimensión de la rabia que da que después de haber pasado todo eso te quieran arrebatar los hijos invocando “el derecho del padre”, que según la justicia francesa es mejor que el de la madre, como se verá más adelante.

Salvo la felicidad del nacimiento, el resto de los acontecimientos de ese episodio fue deprimente y bastante aleccionador en cuanto a las pautas culturales que gobiernan la sociedad francesa. También pude comprobar que la medicina obstétrica argentina está al mismo nivel y quizás en algunas áreas por sobre la francesa. Por ejemplo, los superespecialistas, además de no haber visto nunca una mujer con analgesia localizada congénita (no funcionan los neurotransmisores del dolor de una cierta parte del cuerpo) tampoco detectaron que Constantino nació con un soplo al corazón pese a haberlo revisado supuestamente de pies a cabeza.

En Francia el hospital Necker está en París, el centro del mundo, es una institución superespecializada para casos difíciles y agudos (tipo Dr. House) por eso cuando las cosas vienen “normales” te dan poco artículo, y cuando digo poco, es literal. En cuanto a las instalaciones nada del otro mundo. Me llena de orgullo decir que en la Argentina hay mejores.

Los facultativos fríos, descorteses, cero información, para esos médicos el paciente es un objeto que no merece saber nada de lo que le está pasando ni sus familiares tampoco. Creo que eso es para eludir responsabilidades por si se equivocan. Como pasó en mi caso.

Después de un buen rato lo dejaron entrar a JD y le tuve que pedir que me tapara pues tenia mucho frío y nadie parecía darse cuenta aunque estaba tiritando. Más tarde me llevaron a mi habitación, habia perdido mucha sangre y mi madre me dijo luego que mi aspecto era cadavérico, estaba más blanca que las sábanas y se asustó mucho, pensó que no pasaba la noche, tan mal estaba.

Pero gracias a Dios estaba mi pequeñín en su cunita haciendo gestos para que lo amamantara. A pesar de mi debilidad lo puse en mi panza y fue trepando hasta llegar a la teta y se prendió del pezón.

Ahí supe de un golpe lo que es ser madre, que tu cuerpo, tu alma y tu mente entren en una comunión sobrenatural y te den la fuerza necesaria para luchar por tu vida y por tu bebé hasta el último aliento. Esa fuerza que viene del mandato divino de conservar la especie acompañada de oleadas de amor por ese ser que es parte del tuyo. Algo que un varón nunca experimentará, ni entenderá. Ni, como en el caso de mi marido, le importará.

Ese dia no tuve leche, al siguiente tampoco, lo mantenían con leche que yo me sacaba con el sacaleche, asi que vino una del caribe experta en amamantamiento y despues de varios intentos, puso un cañito al costado del pezón y el pibe empezo a tirar con tanta fuerza que ¡Voilá! salió la leche. No pude evitar las lágrimas. ¡Constantino estaba mamando!

Quizás esta experiencia sea muy común y su relato aburrido, pero es una parte importante de la historia para entender porqué digo que la sociedad francesa está absolutamente deshumanizada. Estos pormenores, que son la sal de la vida, para ellos son simples hechos comunes y corrientes que no mueve un pelo a nadie. Pero no son ellos, es el modelo, es la Matrix.

Al dia siguiente del parto quise ir a bañarme y me caí desmayada, vinieron a revisarme y no encontraron nada, parecía todo bien … pero no estaba bien, seguía sangrando.

Pasé en el hospital una semana y me dieron el alta, tenía mareos, mi vientre seguía muy hinchado. Pensé que de a poco se iba a ir acomodando naturalmente, pero cuando días después la dueña de un local de ropa me preguntó de cuantos meses estaba me alarmé.

– Pero si acabo de tener el bebé – le dije con una sonrisa.

– ¿Hace cuanto?

– Un mes.

– Entonces este vientre no es normal, madame, tiene que ver a un ginecólogo urgente. Le daré la dirección de mi ginecóloga de confianza.

Fui a verla, y me mandó una ecografía en la que se veía que la pared del útero estaba engrosada anormalmente lo que podía significar que el útero no había despedido toda la placenta.

Yo no podía creer que los supermédicos no hubieran visto eso, pero ya bien preocupada fuí a ver a mi médico generalista que a su vez me envió a su ginecólogo y luego de los estudios del caso se estableció que a los médicos del primer mundo se les había pasado que un trozo de placenta quedó pegada a la pared del útero. Pero eso todavía yo no lo sabía.

Antes de todo ésto yo había vuelto dos o tres veces al hospital que me atendió el parto y los super médicos me tuvieron dando vueltas con cara de “Estás exagerando”. La hemorragia seguía pero invariablemente me despachaban diciendo que si no había fiebre no tenía nada serio. Hacían 40 grados de calor y los viejos morían como moscas porque en muchas casas en Francia no hay ni siquiera ventiladores, así que la fiebre pasaba desapercibida.

Como ya había perdido mucha sangre, no estaba en condiciones de una nueva intervención.

Considerando que no sentía las contracciones, mi ginecólgo me dió un tratamiento – que duró 2 meses y medio – que consistía en provocar contracciones para que el mismo cuerpo expulse la materia. Luego extraerían el trozo de placenta. Y esto yo no lo sabía.

Fue mucho mas tarde que me enteré que además de la brutal anemia estuve casi 3 meses con contracciones por esa causa. Si, seguro, me sacaron la materia sin cirugía mayor. Incluso fue el Instituto Pasteur que la analizó y confirmó que era placenta. Pero ahí supe que las hemorragias se habían debido a los esfuerzos que mi cuerpo hacía para expulsar el trozo de placenta y corregir por sí mismos el error de los arrogantes galenos franceses.

Obviamente después de perder sangre continuamente y debilitada como estaba atender al bebé con poca o nada ayuda del señor “rendimiento” mi cuerpo quedó agotadísimo, y cerebralmente ni les cuento. Tardé un año hasta que volví a la misma performance intelectual. Esto dió un terreno enorme a mi marido para avanzar con su violencia moral y psicológica sin ningún escrúpulo.

JD que pensaba lo mismo que los médicos, que yo estaba exagerando o fingiendo. Y con el agotamiento físico y mental una entra en un estado tal de incertidumbre que si no hubiera sido por las pérdidas constantes y la recomendación de la vendedora (me la mandó Dios) quizás hasta me hubiera autoconvencido de que era una aparatosa. La verdad, es admirable la habilidad que tiene esa gente para hacerte sentir culpable de sus propias defecciones.

Y hoy me da escalofríos pensar que si hubiera seguido la opinión de mi marido, estaría muerta. Y viendo como actúa ahora más escalofríos me da pensar que quizás no le hubiera venido tan mal que pase eso. Cuando les cuente, verán que no estoy exagerando.

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