La audiencia

Llegué a París acompañada de mi padre, que es abogado, dos días antes de la audiencia. En el aeropuerto estaba JD pensando quizás que me había estupidizado tanto que iba a cometer el desvarío de traer a los chicos … ¡Para que nunca más vuelvan a la Argentina! A tal punto llegaba su convicción de que me tenía sometida sicológicamente.

Ese día mi padre lo llamó a JD para tener una entrevista cerca de donde estábamos parando. Trató de persuadirle de llegar a un acuerdo para evitar todo lo que ahora está pasando hoy, pero JD creía también que todo era un mero trámite, que en un abrir y cerrar de ojos iba a recuperar a los niños y que mi padre sólo trataba de presionarlo para que acceda a que los chicos se queden a vivir en la Argentina. Cuando le dijo que el costo de los abogados en un juicio contencioso podía dejar a ambos en la calle JD le contestó: “Aunque tenga que vender mi depto y vivir en la calle quiero a mis hijos aquí donde tienen que estar”. Curioso criterio, pensó mi padre, no quiere gastar un euro en la manutención de sus hijos pero si está dispuesto a arruinarse regalandole dinero a los abogados para “ganar” esta disputa aunque tenga que vivir en la calle.

La idea de ir antes era para poder hablar con mi abogada, quien cuando nos reunimos me volvió a asegurar que este paso era un mero trámite pero que estaba tranquila de que la custodia de mis hijos me iba a ser asignada. Mientras tanto me pasaba sonriente su factura de 3 mil euros (18.000 pesos) por las horas trabajadas hasta ese momento.

Y llegó el día “D”. Fuimos al Juzgado de Familia en Creteil donde ya estaba JD con su letrada que se paseaba de un lado a otro envuelta en su toga (en Francia es obligatorio que los abogados usen toga cuando van a los tribunales) acentuando ex profeso su aspecto de buitre revoloteando sobre la carroña. Mientras esperábamos me acerqué a JD para una vez más intentar llegar a un acuerdo amigable, pero por alguna razón se sentía ganador y fue una conversación de sordos.

Una hora después de la fijada originalmente me llamó la jueza. A manera de saludo me espetó de mala manera “¿Ahora pudo venir, no?” y se sentó en su escritorio mirando unos papeles. Yo me senté frente a ella aunque no me había invitado a hacerlo porque no sabía como manejarme, era la primera vez en mi vida que estaba en una situación así y por supuesto era una pila de nervios. Lo que siguió fue más que nada una indagatoria a un acusado que había cometido un terrible delito y no una razonable averiguación de mis razones para el divorcio. Me sentí como Gregorio Samsa, ese personaje kafkiano que se había transformado en un extraño insecto al que todos pisoteaban sin piedad. Y después de tantos días de angustia acumulada, hostigada por una persona que abusando de su investidura me miraba como si le diera asco no me pude contener y rompí en llanto. Obviamente mis sollozos no conmovieron en lo más mínimo a la arpía que tenía adelante, la que por el contrario usó mi arranque emocional para escribir luego en su sentencia que yo era”inmadura” (y por lo tanto incapaz de criar a mis hijos) a fin de justificar la barbaridad que resolvió después.

Luego llamó a JD y finalmente a los dos con nuestros abogados. Lo que siguió sí fue de mero trámite, porque evidentemente la sentencia ya estaba dictada de antemano, La actitud de la jueza fue todo el tiempo la de una persona a la que fuimos a molestar por un tema que no merecía un minuto de su tiempo porque era demasiado claro a quien le asistía la razón. Se supone que era una audiencia de conciliación establecida para tratar de que los cónyuges acuerden amigablemente los términos del divorcio. Nada que ver, fue directamente un fusilamiento que luego se plasmó en los papeles porque, después me di cuenta, había nada menos que osado desafiar la política demográfica del Estado francés pretendiendo que mis hijos vivan en la Argentina.

En fin, terminada la audiencia fuimos al aeropuerto y volvimos a la Argentina a esperar la decisión de la jueza, yo todavía esperanzada de que a pesar de lo desagradable de la audiencia prevaleciera la razonabilidad. Una ilusión que muy pronto se evaporó en el aire.

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