El cuento de la rana hervida

Pido disculpas a quienes tienen la paciencia e seguir este relato, porque quizás sea un poco aburrido ya que no pasa nada que sea muy diferente a lo que pasa en otros matrimonios, pero la finalidad de este blog no es deslumbrar a nadie con mi genio literario sino evitar que otras mujeres caigan en la trampa que caí yo y tengan que acostarse y despertarse cada día con la amenaza de que sus hijos sean llevados a un país prepotente a sufrir en manos de personas narcisistas, violentas y brutalmente egoístas, y no hablo sólo de JD, sino también de sus cómplices familiares e institucionales. Con salvar a una sola chica de este calvario consideraré cumplido el objetivo.

Para que tengan una idea de lo que estoy hablando y de la hipocresía de la burocracia francesa , hace unos días recibí una invitación del consulado francés en la Argentina. Fui con mi papá, quien una vez sentado frente al funcionario que nos atendió le preguntó a título de que era la entrevista.

– Es que los niños son ciudadanos franceses y es la tarea del consulado ocuparse de la situación de ellos cuando están en países extranjeros – le contestó.

Yo estaba atónita, no podía creer lo que estaba escuchando. Los franceses me cortaron la obra social, me negaron la beca escolar, mi marido no me mandó un centavo durante dos años ¿Y este pelagatos me estaba diciendo que se preocupaban por la situación de mis hijos en la Argentina? Yo también soy ciudadana francesa, demonios. ¿Que se creen que son estos tipos para tratarnos de infradotados? Todavía creo que fuimos muy educados con este bobo engreído. Debimos haberlo mandado al demonio.

Ahora bien, vuelvo a la misma pregunta que seguramente se harán quienes leen estas líneas ¿Cómo es que habiéndose mi marido convertido en un energúmeno insoportable lo toleré tanto tiempo? ¿Alguien me obligó a casarme y a tener hijos? Claro, mirando desde el balcón es fácil hacerse estas preguntas, como me las hago yo ahora viendo las cosas desde otra perspectiva temporal.

Y me doy cuenta de que sufrí una especie de síndrome de Estocolmo porque realmente el tipo me había secuestrado la psiquis torturándome con el trabajo, con mi hijo, con la culpabilidad de su eyaculación precoz y con tantas otras fruslerías cotidianas que no me dejaban pensar. Para que tengan una idea, por ejemplo, sus camisas solo podían ser Yves Saint Laurent o Pierre Cardin sin repassage, esto es, que no se planchan, y entonces a pesar de eso, exigía que yo se las planche hasta que no tengan ni una molécula arrugada. Todo tenía que estar ordenado meticulosamente porque sino era motivo de gritos y recriminaciones e insultos. Por supuesto, entre esas exigencias e impedir que agrediera a Constantino terminaba el día que no sabía ni como me llamaba.

Dicen que si una lanza a una rana dentro de un recipiente de agua hirviendo saltará de inmediato hacia afuera, pero si la sumerge en agua apenas tibia y la va calentando de a poco la rana muere hervida porque no se da cuenta. Y eso me pasó a mi, la verdad, JD me ganó por goleada porque yo no fui a una estúpida competencia de estrategias, fui a Francia a hacerme de una vida y de una familia, no a competir con un sociópata para ver quien era más hábil en la tarea de someter al otro miembro del matrimonio. Y por lo tanto no estaba atenta a sus triquiñuelas infantiles porque nunca se me hubiera ocurrido que su mente alterada estaba en esas divagaciones. Hasta creo que era su manera de descargar las frustraciones y el miedo que traía del trabajo a mis costillas. Pero yo resistía. Hasta que llegó el estallido.

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